Bajaba las escaleras, y cuando pisaba los escalones del segundo piso, vino a mis oídos los inocentes sonidos producidos por una flauta. 
La típica flauta escolar que todos hemos tocado alguna vez.
Y como flashes han empezado a pasar imágenes de mi niñez.
De aquella vez que se me rompió la flauta y tuve que comprarme una en un súper mercado, de aquellas canciones que interpretaba, de las clases de música de un tal profesor llamado Víctor (Vete tú a saber de qué colegio fue). De las botas de Angela, la profesora de música del colegio de Zamora, que marcaban tan bien el ritmo.
Es un sonido tan particular. A veces nos ayudaba a liberarnos. Yo que siempre quise aprender a tocar un instrumento, a la flauta me sirvió como medio para expresar mi libertad musical. Aunque con escaso éxito.
Otro sonido que me recuerda mucho a mi infancia son las canciones de Laura Pausini. Cuando ponen alguna de sus primeros discos, a lo mejor no me acuerdo del título, ni de que disco es, a lo mejor ni me acuerdo que es de ella. Pero me sé la letra, la melodía, hasta los suspiros. Son canciones que se me han grabado a fuego en la memoria.
Y ahora, a punto de cumplir 22 años, vuelvo a añorar cuando era pequeño. Cuando el mayor problema era que no me dejaban salir con mis amigos, y mi mayor tesoro las risas que guardaba día tras día. Porque será que no me he reído en mi infancia. Eso es lo que más añoro. La capacidad de no darme cuenta de los verdaderos problemas de la vida, y ser feliz. Ser muy feliz.






















